No te busco por costumbre, ni por miedo al frío, te busco por una ley física más antigua que nosotros: porque sin tu gravedad, mi mundo pierde su eje.
Miro hacia atrás y no veo días pasados, veo la arquitectura de lo que hemos levantado. No fue magia, mujer, fue oficio. Fuimos nosotros, con las manos sucias de vida, poniendo un ladrillo de paciencia sobre otro de perdón, mezclando la fatiga con la risa, resanando las grietas que el tiempo inevitablemente abre.
Esta vida nuestra no es un regalo del azar, es la obra maestra de nuestra voluntad. Es el refugio donde el silencio no pesa, donde “estar” es el verbo más completo.
Y así seguiremos, albañiles de este misterio, construyendo este santuario imperfecto y sagrado, sosteniéndonos el uno al otro, hasta que el tiempo cierre los ojos, hasta que la última sombra nos cubra, y solo quede de pie lo que tú y yo, con la gracia de Dios, supimos amar.
