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Estamos en esa semana extraña donde el mundo se apresura a escribir listas de deseos que, en el fondo, son solo promesas para calmar la ansiedad. El 2026 asoma como una página en blanco, y la tentación es llenarla de KPIs, métricas y metas de negocio.

Pero como arquitecto, he aprendido que no puedes construir una planta superior si los cimientos no aguantan el peso. Este año no quiero plantearme ‘objetivos’ de esos que se olvidan en febrero. Quiero plantearme estructuras.

No quiero ser ‘más productivo’; quiero ser más coherente. No quiero ‘ganar más tiempo’; quiero habitar el tiempo que ya tengo con más presencia. Los objetivos suelen ser hacia afuera; la arquitectura del alma es hacia adentro. Mi meta para este 2026 es que mi escritorio de madera y mi escritorio de cristal se miren a la cara sin avergonzarse. Que lo que escribo y lo que vivo sean el mismo sistema.

No soy un gurú ni un periodista. Soy un hombre de fe y letras que ha vivido el frío de la duda y el peso de la elección. Mi oficio es el de Arquitecto de la Palabra, y mi vocación, un peregrinaje: la búsqueda de la Verdad en los lugares donde el mundo juró que ya no existía. Leer más

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